sábado, 7 de abril de 2012

Tiene que haber más Twitter

Las aguas del temporal de la noche del miércoles van bajando, y permiten comenzar a ver algo más que calles y veredas cubiertas por el barro. Permiten comparar gestiones, y encontrar que el gobierno de Pilar está blindado a la participación ciudadana. Por caso, la información más reciente sobre las finanzas públicas que publica en su página oficial, data de fines de 2008.
Claro que la falta de transparencia de la gestión zuccarista ha quedado plasmada en varios informes que elaboran diferentes organizaciones de la sociedad civil abocadas a esta materia. Desde hace años, el gobierno de Humberto Zúccaro viene recibiendo las peores calificaciones en los rankings que se elaboran para comparar la “apertura” de las distintas gestiones locales; en otras palabras, cuán participativas son las administraciones municipales del país.
La primera señal sobre lo que serían los ya largos 8 años de Humberto Zúccaro como intendente de Pilar, la ofreció el mismo alcalde en 2004, en vivo y en directo, por el aire de FM Plaza (92.1 MHz): fue cuando Diego Gómez, por entonces conductor del ciclo radial matutino “Plaza de Noticias”, se refirió a la dificultad que se le presentaba al periodismo local para acceder a información sobre la gestión pública. Apenas finalizada la columna, la voz ronca del por entonces “nuevo” jefe comunal sorprendió a la audiencia y al propio Gómez, quien escuchó con asombro y estoicismo varios minutos de una crítica inadmisible a su opinión.
Desde entonces para acá, el intendente supo mantener una postura coherente: las puertas del municipio y del acceso a la información pública, están siempre cerradas; “tiene que haber menos Twitter y Facebook”, aseveró la semana pasada.
Algún lector podrá suponer que los gobiernos de puertas abiertas no ofrecen ventajas a sus ciudadanos: se equivocan; cuanto mayor interacción exista entre gobernantes y gobernados, mayor alineamiento habrá entre las demandas sociales y la oferta de bienes y servicios públicos destinados a satisfacerlas.
Como ejemplo de esta conveniente apertura, algunos gobiernos locales, como el de la Ciudad Autónoma de Buenos Aires, ofrecen a sus habitantes todas las vías de comunicación posibles. Así, tras el temporal, y ante el colapso de las líneas telefónicas provocado por el aluvión de llamados, muchos porteños optaban por ponerse en contacto con las autoridades a través de las redes sociales como Facebook y Twitter. Y los funcionarios respondían. Y lo hacían con la inmediatez propia de una sociedad 2.0. En Pilar, en cambio, basta haber pasado por la frustrante experiencia de necesitar ayuda por problemas de seguridad, de salud, medioambientales o por ruidos molestos, para saber que fuera del horario de trabajo habitual, de lunes a viernes, estamos en “tierra de nadie”. La página municipal de nuestro distrito, volviendo al (mal) ejemplo del primer párrafo, no ofrece ni siquiera las direcciones de mails de los funcionarios responsables de las distintas y numerosas áreas de gobierno.
Debe haber algún prejuicio, casi una cuestión patológica, en el rechazo del intendente Zúccaro a la tecnología. Apoyando esta hipótesis, hace pocos días, en el inicio de las sesiones ordinarias del Honorable Concejo Deliberante, le dedicó a quien suscribe un poco elogioso comentario: “Me cansan un poco aquellos fracasados de la política que con Twitter se quieren divertir y decirnos lo que tenemos que hacer”. Quizás en esas palabras esté la explicación a su prejuicio: Zúccaro considera que las redes sociales son para divertirse. Se equivoca, porque aplicadas a una gestión municipal opaca como la suya, le permitirían resolver muchos problemas de la vida de sus conciudadanos, comenzando a entreabrir las puertas de su administración, poniéndose de cara a la sociedad, a la “gente”, a esos “sin voz” que subestima cuando afirma que “la gente sabe que antes se pisaba barro y hoy ya hay asfalto”.
Intendente, en mi modesta opinión, como objetivos estratégicos de éste, su tercer mandato, creo que todos los pilarenses estamos esperando algo más que no pisar el barro.